Archivo abril 2010

concerva de tomate Tomates para todo el año
Cuando llega la temporada de la recolección de los tomates es posible que no podamos consumirlos todos. Ya se sabe: la cosecha suele llegar toda a la vez. Para poder aprovechar los tomates sobrantes no hay nada mejor que hacer conserva de ellos, con lo cual podremos comer tomates de nuestro huerto durante todo el año.

Cogeremos tomates maduros para realizar la conserva. Bueno, en realidad el tomate siempre ha de consumirse maduro, pues cuando está verde posee sustancias tóxicas. Dicho esto, y prosiguiendo con la elaboración de la conserva, lavaremos bien los tomates y los sumergiremos en una olla con agua hirviendo. En pocos minutos, de dos a cinco, dependiendo del tipo de tomate, la piel se resquebrajará, con lo cual se irán retirando los tomates del agua. Los dejaremos enfriar un poco y los pelaremos. Como los hemos escaldado, se pelarán muy fácilmente: tan sólo hay que estirar un poco de la piel y ésta saldrá sola.

Mientras tanto, tendremos preparados potes de cristal ya esterilizados. Los potes se esterilizan lavándolos con jabón, aclarándolos e hirviéndolos en agua durante unos veinte minutos; las tapas también se hierven.

Colocaremos los tomates bien apretados en los potes de cristal y espolvorearemos una cucharadita de sal por encima de ellos. Los cerraremos y los sumergiremos de pie en una olla con agua tibia, de modo que queden cubiertos más o menos en sus dos terceras partes. Se pone la olla al fuego y cuando empiece a hervir el agua, contaremos unos cuarenta minutos (a fuego lento), pasados los cuales ya se puede apagar el fuego y retirar los potes con cuidado.

Hay quien prepara una salmuera, mezclando 15 gramos de sal por cada litro de agua y la vierte encima de los tomates cuando ya están en los potes, antes de ponerlos a hervir. Se cierran entonces los potes y se hierven al baño maría, como ya se ha dicho antes.

John Seymour   La vida en el campo Ecoaldeas    www ecoaldeas bligoo com John Seymour, gran agricultor autosuficiente
Pocas personas han influido tanto en la concepción de la agricultura y de la vida en el campo como John Seymour. Este pionero de la ecología y de la concepción autosuficiente de la vida en el medio rural nació en 1912 en Londres, pero su familia se mudó cuando él era muy pequeño a una población rodeada de campos de cultivo, lo cual influyó notablemente en el desarrollo posterior de su filosofía de vida.

Estudió ciencias agrarias en el Wye College, adscrito a la Universidad de Londres. Su espíritu aventurero le llevó a viajar por todo el mundo. En Sudáfrica fue encargado de una granja de ovejas y marinero, en Zambia trabajó en las minas de cobre… incluso pasó una larga temporada con los bosquimanos, lo cual le hizo descubrir los secretos de esta tribu de cazadores-recolectores.

Luchó en la Segunda Guerra Mundial, en Etiopía, Ceilán y Birmania y al finalizar el conflicto bélico volvió a Gran Bretaña, pero su espíritu inquieto le llevó de nuevo a viajar, esta vez a la India, donde trabajó en granjas autosuficientes.

Se casó en 1954 con Sally, una ceramista, con quien siguió viajando. Pero cuando tuvieron a su primera hija decidieron que era hora de asentarse. Alquilaron una casa de campo con 2 hectáreas en Suffolk, donde pusieron en práctica sus ideas sobre la vida autosuficiente basada en la agricultura, la ganadería y los oficios tradicionales. Posteriormente se mudaron a otra granja cerca de Newport.

Realmente, John Seymour vivía de manera prácticamente autosuficiente. En sus libros nos enseña cómo llevar a cabo cualquier tarea relacionada con la agricultura y la ganadería, desde el desbroce de un terreno, hasta el calendario de plantación de las hortalizas, pasando por la cría y ordeño de vacas, el techado de construcciones con paja, el aprovechamiento de la energía del agua… Además, su lenguaje es increíblemente cercano y ameno.

Creo que la mayoría de los amantes de los amantes de la naturaleza y la agricultura tenemos algún libro suyo; si todavía no habéis leído sus obras, os recomiendo encarecidamente que lo hagáis, sobretodo “La vida en el campo” (The complete book of self-sufficiency”) y “El horticultor autosuficiente”; ambos cuentan con un contenido buenísimo y unas ilustraciones magníficas. Sus libros pueden encontrarse en las bibliotecas públicas, si no queréis comprarlos. Pero creo que si compráis un libro de Seymour no os arrepentiréis. Yo misma, cuando tengo que realizar alguna labor en el campo, siempre hago caso de sus consejos.

emparrado A la sombra del emparrado
¿Qué mejor solución para crear una zona umbría en nuestro jardín que un emparrado? Y lo bueno es que una parra no nos servirá sólo para dar una buena sombra en las calurosas tardes de verano, sino que también nos proporcionará unas riquísimas uvas.

Pocas plantas están tan adaptadas al clima de la península como la vid. Especialmente si pueden crecer en climas mediterráneos, que son los que más la benefician. La vid aguanta el calor del sol de verano y resiste la sequía. Es más, necesita de buen sol para prosperar.

Un emparrado no es más que un cultivo de la vid hecho de tal manera que obliguemos a la planta a elevar sus ramas, enredándose en los soportes que le hayamos preparado. Si se la deja crecer libremente, las ramas de la vid pueden llegar a alcanzar los 30 metros de altura; sin embargo, en las viñas se las poda de tal manera que no crezcan apenas. La parra crece rápidamente, con lo cual en dos o tres años podemos tener listo un emparrado.

A las ventajas de su fortaleza, sus frutos y su capacidad de dar frescor en verano, se suma el hecho de que la parra es una planta caduca; ello es de agradecer en invierno, porque el lugar donde está ubicado el emparrado quedará iluminado por el sol, al haber perdido la parra sus hojas.

Es conveniente ir podando la parra, pues sus ramas crecen de tal manera que se van acumulando las unas con las otras de forma que pueden llegar a pesar demasiado e ir abombando la estructura que les sirve de soporte.

A la hora de plantar la parra hay que tener en cuenta el tipo de suelo con el que contamos. Los suelos arcillosos y los muy fértiles no son muy adecuados, puesto que la planta crece con tal vigor que echa más ramas y hojas que frutos; aunque si la finalidad de la parra es dar sombra, ello no importará demasiado. En cuanto al clima, resiste tanto el calor como las heladas, aunque las temperaturas por debajo de 15 grados bajo cero pueden dañarla.

bonsai 21 Las plagas de los bonsáis
Las plagas más frecuentes en los bonsáis son éstas:

Hormigas: Si las vemos pululando por el tronco y las ramas de nuestro bonsái, es posible que hayan hecho un hormiguero en la tierra del árbol. Podéis utilizar insecticida especial para hormigas, aunque hay quien recomienda un método casero: sumergir todo el árbol en un cubo de agua al que se le habrá añadido una cucharada de detergente lavavajillas. Se deja durante treinta minutos y después se escurre. Si las hormigas habían hecho un nido en las raíces, tanto éste como ellas mismas habrán desaparecido. No he probado nunca este método, pero de hacerlo, aclararía cuidadosamente el bonsái después de sacarlo del agua con lavavajillas.

Araña roja: Son ácaros muy pequeños de color rojo y amarillo. Chupan la savia para alimentarse, debilitando así a la planta. Pueden verse en las plantas afectadas finas telarañas, símbolo de su presencia. Otro síntoma apreciable es ver bastantes hojas secas. Para evitar esta plaga, se puede elevar el grado de humedad en la zona del bonsái, colocando un humidificador o pulverizando las hojas. Idéntica solución se aplicará cuando el árbol ya haya sido atacado y además se usará un acaricida específico.

Cochinillas: Las hay de varios tipos desde blancas y blandas hasta marrones y de caparazón duro. Se alimentan de la savia, con lo cual debilitan la planta. Son difíciles de erradicar con insecticidas convencionales, debido a su caparazón. Si no hay muchas, se pueden eliminar a mano con un algodón empapado en alcohol. Si el ataque es grave, habrá que recurrir al uso de un insecticida específico para cochinillas.

Orugas: El peligro de las orugas es la velocidad a la que se comen las plantas. Por suerte son fáciles de eliminar: a mano se pueden capturar la mayoría de ellas; el resto morirá con un insecticida especial para ellas.

lavanda1 Lavanda en el jardín
La lavanda es un arbusto típicamente mediterráneo, que puede llegar a alcanzar un tamaño cercano al metro y medio o incluso más en ejemplares muy viejos.

Unas matas de lavanda alegrarán cualquier parte de nuestro jardín. Podemos colocarlas en medio del césped, donde darán una nota de volumen y de colorido. También quedan fenomenales en parterres y en jardineras, en zonas de rocalla… y sirven asimismo para la formación de bonitos setos, puesto que se pueden podar.

La lavanda es una planta aromática y campestre, con lo cual quiero decir que es excepcionalmente resistente. Aguanta muy bien la sequía, incluso en zonas con régimen de precipitaciones de 300 mm anuales (que viene a ser una zona como la Andalucía más seca), aunque siempre le irá bien que se la riegue, claro está, pero siempre sin encharcarla. Un riego cada quince días incluso en verano puede ser suficiente. De todas formas, he visto crecer enormes lavandas en climas húmedos de montaña y estaban preciosas.

Prefiere los suelos calcáreos; en suelos muy ricos no producirá tanto aceite esencial, aunque crecerá mucho más. En cuanto al clima, aguanta tanto el calor como el frío; he visto lavandas aguantando temperaturas de menos de 15 grados bajo cero.

Como planta silvestre que es, la lavanda no tiene problemas de plagas. Es más, se usa como repelente de insectos, secando sus flores formando ramitos y colocándolos en habitaciones. Otro insecticida a base de lavanda es el que se obtiene por maceración de las flores en agua durante unos dos días; posteriormente se le añade un poco de alcohol como conservante. Estos insecticidas son válidos para moscas, mosquitos, ácaros… aunque no para abejas y avispas.

La lavanda florece durante la primavera y el verano. Es frecuente ver revoloteando abejas entre sus flores, con cuyo néctar elaborarán la tan preciada miel de espliego. Hay que ir cortando las flores a medida que se vayan secando, ya que si no se hace la mata se ve como de color grisáceo y además se le resta vigor para que siga floreciendo.

riego automatico Consejos de riego
El riego es indispensable para el cultivo de plantas y flores. A no ser que tengamos un jardín adaptado a climas secos (es decir con hierbas aromáticas y árboles y arbustos de la zona), hará falta regar periódicamente. Y más teniendo en cuenta que en los jardines suelen abundar especies que son propias de climas mucho más húmedos que aquél en el que está situado el jardín. Así por ejemplo, podemos ver en muchos jardines situados en zonas mediterráneas que se han plantado hortensias, planta que es propia de regiones norteñas lluviosas.

Así pues, lo normal es que un jardín no dependa únicamente de la lluvia, sino que se haya de regar. Pero para que el riego sea realmente eficiente hay que seguir una serie de normas:

– es mejor regar poco y bastante a menudo que una vez cada diez o quince días y en abundancia; en este último caso lo único que lograremos será encharcar el terreno y perjudicar a las plantas.
en invierno nunca hay que regar por la tarde, a excepción de que vivamos en un clima muy cálido. El motivo es el peligro de heladas: quizás cuando estemos regando la temperatura no sea muy baja, pero al caer la noche puede helar, con lo cual las plantas pueden correr el peligro de sufrir graves daños. Hay que procurar que las plantas estén ya secas cuando anochezca. Por ello en invierno la mejor hora para regar es por la mañana,
– en verano se sigue la regla inversa que en invierno: siempre se regará al atardecer, y nunca cuando el son aprieta, puesto que las gotitas de agua actuarán a modo de lupa, pudiendo quemar plantas, flores y césped.
– Hay algunos árboles que necesitan mucha agua, como el sauce llorón; en estos casos sí que es conveniente encharcarlos de vez en cuando.

Armeria maritima La armeria marítima, planta todoterreno
Si estás buscando una planta muy verde, con flores y que aguante el calor, y que además sirva para tapizar grandes superficies, la armeria marítima es una solución.

La armeria es una planta herbácea; sus hojas se asemejan a las del césped, aunque son más largas y la mata es mucho más tupida. Es perenne, y el verde de las hojas es muy vivo y alegre. Empieza a florecer en abril, y puede seguir floreciendo toda la primavera y el verano, hasta finales de agosto. Las flores se parecen a redondos botones, y según la variedad serán de color blanco, lila, rosado o rojizo. La armeria florece en abundancia, por lo que es muy decorativa cuando llega el calor.

La armeria marítima no es nada exigente en cuanto al suelo: los acepta todos sin problemas. En estado natural incluso la podemos ver creciendo entre las rocas. Por ello en muchos jardines se la utiliza para plantarla entre rocallas artificiales.

Es la armeria una planta a la que le gusta el calor, pero al ser una planta rústica tampoco teme al frío. En el único caso en el que hemos de ir con cuidado es si vivimos en la alta montaña, con lo cual si la planta está en maceta, en invierno la meteremos dentro por las noches. Si crece en la tierra, la protegeremos cada noche con un plástico, para que no le afecten las heladas. En verano no tiene problemas con el sol, ya que lo soporta bien, aunque una ayudita extra en forma de riego le vendrá perfectamente.

Hablando de riego, hay que tener en cuenta que a la armeria no le gusta el suelo excesivamente húmedo, pero sí le va bien tener una cierta humedad constante. Por ello en verano será aconsejable regarla dos veces por semana; en primavera y otoño una vez por semana, y en invierno será suficiente un riego cada 10-15 días. No hay que empaparla de agua, sino regar moderadamente. Es conveniente abonarlas en primavera, para que florezcan mejor.