A la sombra del emparrado
¿Qué mejor solución para crear una zona umbría en nuestro jardín que un emparrado? Y lo bueno es que una parra no nos servirá sólo para dar una buena sombra en las calurosas tardes de verano, sino que también nos proporcionará unas riquísimas uvas.

Pocas plantas están tan adaptadas al clima de la península como la vid. Especialmente si pueden crecer en climas mediterráneos, que son los que más la benefician. La vid aguanta el calor del sol de verano y resiste la sequía. Es más, necesita de buen sol para prosperar.

Un emparrado no es más que un cultivo de la vid hecho de tal manera que obliguemos a la planta a elevar sus ramas, enredándose en los soportes que le hayamos preparado. Si se la deja crecer libremente, las ramas de la vid pueden llegar a alcanzar los 30 metros de altura; sin embargo, en las viñas se las poda de tal manera que no crezcan apenas. La parra crece rápidamente, con lo cual en dos o tres años podemos tener listo un emparrado.

A las ventajas de su fortaleza, sus frutos y su capacidad de dar frescor en verano, se suma el hecho de que la parra es una planta caduca; ello es de agradecer en invierno, porque el lugar donde está ubicado el emparrado quedará iluminado por el sol, al haber perdido la parra sus hojas.

Es conveniente ir podando la parra, pues sus ramas crecen de tal manera que se van acumulando las unas con las otras de forma que pueden llegar a pesar demasiado e ir abombando la estructura que les sirve de soporte.

A la hora de plantar la parra hay que tener en cuenta el tipo de suelo con el que contamos. Los suelos arcillosos y los muy fértiles no son muy adecuados, puesto que la planta crece con tal vigor que echa más ramas y hojas que frutos; aunque si la finalidad de la parra es dar sombra, ello no importará demasiado. En cuanto al clima, resiste tanto el calor como las heladas, aunque las temperaturas por debajo de 15 grados bajo cero pueden dañarla.