
En muchas ocasiones, sobre el sustrato pueden aparecer algunos parásitos, ya sean coleópteros, miriápodos, ciempiés, gusanos o cochinillas, apareciendo debido a un exceso de humedad provocado por cometer demasiados excesos en el riego. Normalmente, esta vida animal destruye tanto las raíces como las hojas de cualquier ejemplar al que se acercan, con lo que hay que deshacerse de ellos en cuanto comiencen a asomar los primeros síntomas de que están ahí. Cabe destacar que no todas estas plagas son totalmente dañinas, ya que muchas ayudan a airear y abonar el sustrato en el que sobreviven y se desarrollan, especialmente si se trata de lombrices de color marrón.

Un suelo fatigado aparece cuando es cultivado reiteradamente, esto aumenta las probabilidades de aparición de los hongos que viven en el suelo, la mayoría son gusanitos muy pequeños que parasitan las raíces o de malas hierbas. Por ese motivo, es recomendable desinfectar completamente el suelo cada tres o cuatro años. La agricultura tradicional emplea el laboreo y en el uso de estiércol para restituir los nutrientes básicos que se extraen por las cosechas. Además, se comenzaron a utilizar técnicas como la rotación de cultivos o el barbecho, para poder evitar enfermedades y plagas. Un cultivo repetido en el tiempo produce un desgaste que no beneficia a la tierra.
La desinfección del suelo se realizaba con fumigantes como el Bromuro de Metilo, pero ya no se puede utilizar por su poder contaminante. Ahora existe un método ecológico para desinfectar el suelo que se denomina solarización, que ofrece una gran eficacia y es muy recomendado por la agricultura ecológica. Permite desinfectar el suelo antes de sembrar o de plantar en la parcela.
El efecto de la solarización mata a los hongos impidiendo que parasiten las raíces del cultivo. También afecta a los el Fusarium, Verticillium, Rhizoctonia, Pythium y Nematodos, unas larvas microscópicas que se alimentan de las raíces de las plantas. La solarización también combate con efectividad los gusanos y otros insectos que viven en el suelo. Controla bien las hierbas molestas y acaba con las bacterias perjudiciales y aumenta la población de otras beneficiosas.
La solarización conlleva una elevación del rendimiento posterior del cultivo, ya que éste crece con más vigor, altura, y produce más flores y frutos. Además, hay un aumento temporal de más nutrientes minerales disueltos y de materia orgánica soluble. Siempre hay que realizar la solarización en verano (julio y agosto), que es cuando hace más calor. Aunque si mejoras la solarización con estiércol o fumigantes, puede llegar a ser eficaz desde mayo hasta octubre.
Para realizar una solarización correcta debemos labrar con un motocultor con el fin de retirar los restos vegetales y las piedras gruesas que puedan salir. Seguidamente debemos regarlo abundantemente hasta que cale bien a una profundidad de unos cuarenta centímetros. Después se cubre el suelo con un plástico transparente fino de polietileno de entre 100 y 200 galgas de espesor.
Esta lámina plástica debe quedar tensa y son los bordes perfectamente enterrados en la tierra para que no se escape el calor. En general se considera necesario dejarlo así algo más de un mes como mínimo. Si la calor no es muy intensa, habrá que dejarlo más tiempo como unas seis o siete semanas. Es importante saber que esta técnica puede aplicarse tanto al aire libre como en el interior de un invernadero.
Después de su aplicación, las plagas y enfermedades no estarán presentes en el cultivo siguiente, pero para que sea eficaz durante más tiempo, tendrás que repetir la operación cada varios años. Es un método eficaz, sencillo, y lo más importante es que no contamina. La desinfección no es tan fuerte como las fumigaciones químicas, pero es una alternativa buena y ecológica.

En el post titulado “Carencia de nutrientes en suelos alcalinos I” hablamos de los problemas que pueden presentar las plantas que viven en suelos básicos que dificultan la absorción de minerales. Tratamos la solución basada en la aplicación de fertilizantes.
Esta solución no es la única. Una solución muy eficaz pasa por cambiar el pH del suelo alcalino: se trata de acidificarlo, con lo cual los minerales que se encontraban insolubilizados en la tierra pasarán a ser más solubles y entonces las plantas podrán absorberlos del suelo.
Hay tres métodos para bajar el pH del suelo:
– agregar turba rubia o tierra de brezo o castaño- este método sólo es muy eficaz si no hay nada plantado; de lo contrario se corre el riesgo de dañar las raíces, aunque puede intentarse realizando la operación con mucha paciencia. Se mezclan los 20-30 centímetros más superficiales del suelo con turba rubia, que es muy ácida (tiene un pH de 3,5). La proporción es de mitad turba y mitad tierra, aunque con 1 kg de turba por cada metro cuadrado de superficie ya notaremos los resultados. Cada 2 ó 3 años hay que repetir el tratamiento porque los suelos calizos neutralizan el acidificante.
– agregar azufre en polvo en dosis de 90 gramos por metro cuadrado. Al igual que la solución anterior, sólo es óptima para suelos no plantados y ha de repetirse cada dos o tres años.
– agregar sulfato de hierro. En su forma granulada, el sulfato de hierro se agrega a la tierra como un fertilizante normal: en las capas superiores; esta forma es apropiada para grandes superficies. El sulfato de hierro en polvo se agrega al agua de riego (¡nunca en macetas; sólo en suelo!): 3 gramos por litro de agua y se riega alrededor de las plantas acidófilas una vez al mes. También se regará una vez al mes con agua con quelatos de hierro en la misma proporción, pero no el mismo día en que se agregue el sulfato.
Con estos tratamientos se baja el pH y los nutrientes del suelo quedarán liberados.
Continuación… leer tercera parte.

En posts anteriores ya hemos examinado los tipos de suelo: arcillosos, arenosos, francos, de turba… Pero hay otros factores que influyen en la calidad del suelo y que no son menos importantes para saber qué especies plantar y como tratar la tierra de la que disponemos.
El color del suelo puede darnos pistas acerca de su contenido en minerales y nutrientes. Un suelo de color rojizo o cobrizo nos indicará que es rico en óxido de hierro y por tanto será un buen suelo. Si el color es marrón claro seguramente no sea muy rico. Si nos encontramos ante un suelo grisáceo, lo más probable es que sea calcáreo o pobre en hierro. Los suelos muy oscuros, casi negros, suelen contener humus en abundancia. Como regla general podríamos decir que cuanto más oscuro es el suelo, más riqueza posee en minerales o en materia orgánica, con lo cual será más fértil.
Es muy importante saber el pH del suelo. Dicho pH depende, entre otras cosas, del contenido en cal. Los suelos ácidos tienen un pH inferior a 7, pues no contienen mucha cal. Los suelos básicos o alcalinos tienen un pH superior a 7 y tienen mucha cal. Los suelos neutros son los preferidos por la mayoría de las plantas; su pH se sitúa entre 6,5 y 7. Dependiendo del pH del suelo podremos cultivar unas especies u otras. Además, el pH afecta a la disponibilidad de los minerales que contiene el terreno.
Existen muchos métodos para averiguar el pH del suelo. El más fácil consiste en echar un puñado de tierra en un vaso de agua destilada; se remueve bien, se deja asentar durante un rato y se introduce una tira reactiva indicadora de pH (de venta en farmacias) que según el color que adopte nos indicará si el suelo es alcalino, ácido o neutro. Evidentemente, también podemos llevar a analizar la tierra a un laboratorio agrónomo, donde nos darán más datos acerca de su composición.

Cuidamos con todo mimo nuestras plantas, pero incluso así en ocasiones éstas pueden tener problemas. Uno de ellos puede ser la carencia de minerales, que suele manifestarse en el amarilleo de las hojas (quedando a veces los nervios de color verde).
Hemos de conocer el pH del suelo y del agua que utilizamos para regar, puesto que el problema de base suele ser un suelo demasiado alcalino (también llamado básico), situación ésta muy frecuente. Si en un suelo alcalino plantamos una planta acidófila, es decir, propia de suelos ácidos, la planta tendrá problemas nutricionales, ya que en los suelos alcalinos los minerales esenciales para el crecimiento: Hierro, Manganeso, Zinc, Cobre y Boro son más difíciles de absorber por las raices. El suelo alcalino, es decir, el que tiene un pH menor de 7, insolubiliza los minerales, haciéndolos inabsorbibles. Incluso plantas no acidófilas, como los cítricos, pueden llegar a padecer este problema.
Si tenemos pues plantas con hojas amarillas, una vez descartado que el problema sea el exceso de riego, seguramente estaremos ante una escasez de minerales. Por regla general, si amarillean las hojas nuevas la escasez es de micronutrientes: Hierro, Cobre, Zinc, Manganeso. Si amarillean las hojas viejas la escasez es de macronutrientes: Nitrógeno, Fósforo, Potasio, Magnesio, Calcio. Se impone pues fertilizar la tierra con minerales, preferentemente en forma de quelatos, pues bajo esta forma se elimina el problema antes mencionado de su insolubilidad; los quelatos son fácilmente absorbibles. También puede fertilizarse el agua de riego en vez de la tierra. Otra solución que va muy bien si se observa carencia de micronutrientes es el abono foliar: abono que se pulveriza sobre las hojas y que tiene un efecto rapidísimo, en muy pocos días (se han dado casos de reacciones positivas en 24 horas en caso de clorosis férrica, enfermedad debida a la carencia de hierro).
Continuación… leer segunda parte.

Continuando con los tipos de suelo según su textura, en este post hablaré de los suelos arenosos y de los francos o de limo.
Los suelos arenosos son aquéllos que están formados en su mayor parte por partículas minerales grandes, que miden entre 0,01 y 0,1 milímetros de diámetro.
Podemos saber si un suelo es arenoso llevando una muestra de tierra a analizar o mediante el método casero del cilindro de tierra, ya explicado en parte en el post dedicado a los suelos arcillosos. Amasamos tierra con un poco de agua, modelamos un cilindro de 3 milímetros de diámetro y unos 10 centímetros de longitud. Si la tierra se agrieta de tal modo que no podemos modelar el cilindro, el suelo es muy arenoso: estará formado por más de un 80 % de arena. Si no se agrieta, modelamos otro cilindro de la misma manera, pero en este caso de 1 milímetro de grosor. Si se agrieta, la tierra tendrá entre un 65 y un 80 % de arena. Si no se agrieta, volvemos con el cilindro de 3 milímetros y formamos un círculo con él, juntando sus dos extremos; en este caso, si se agrieta ya estamos ante un suelo franco-arenoso que tiene entre un 40 y un 65% de arena. Si no se agrieta, tomamos otra vez el cilindro de 1 milímetro y formamos un círculo; si se agrieta, el suelo es franco (es decir, con predominio de limo, partículas de entre 0,001 y 0,1 mm) y si no se agrieta estaremos ante un suelo arcilloso.
Los suelos arenosos drenan “demasiado bien”, por lo que hay que regarlos con frecuencia. No retienen tan bien los nutrientes como los arcillosos, con lo cual también hay que abonarlos con asiduidad. A la hora de elegir las especies que plantaremos en este tipo de suelo, nos decantaremos por las que soporten mejor la falta de humedad: plantas mediterráneas, palmeras, crasas… incluso el césped.
No obstante, el suelo arenoso siempre se puede corregir añadiéndole tierra arcillosa y turba, en la proporción que nos indique un especialista. Los suelos francos no suelen necesitar corrección.

En el post de ayer hice una aproximación a los tipos de suelo, pilar básico para organizar a partir de ahí la estructura de nuestro jardín o huerto y de las especies que vayamos a sembrar o plantar.
En el presente post examinaré más a fondo los tipos de suelo arcillosos, dejando para otras ocasiones los suelos arenosos.
El suelo arcilloso es aquél en el que predomina la arcilla sobre otras partículas de otros tamaños. La arcilla es un conjunto de partículas minerales muy pequeñas, de menos de 0,001 mm. de diámetro, en contraposición a otras partículas más grandes como son el limo y la arena, por orden de tamaño, de menor a mayor.
Un suelo arcilloso tendrá también parte de limo y de arena, pero predominará la arcilla, en distintas proporciones según el suelo en cuestión. No hay dos suelos iguales.
¿Cómo averiguar el tipo de suelo que tenemos según su textura? Como ya dije en otro post, el método más fiable y científico es llevar a analizar la tierra a un laboratorio agrónomo. Pero si queremos usar un método más sencillo y gratuito, podemos probar a modelar un cilindro con la tierra: se coge un poco de tierra, se humedece y se amasa con las manos. Se modela un cilindro de unos 3 milímetros de diámetro, el cual convertiremos en un círculo uniendo los dos extremos. Si estuviéramos modelando arcilla pura no aparecería ninguna grieta; por ello, si no aparecen grietas seguiremos modelando, en este caso un cilindro de 1 milímetro de diámetro. Si al cerrarlo no se agrieta, podemos estar seguros de que el suelo es arcilloso.
Los suelos arcillosos drenan mal el agua, debido a la pequeñez de sus partículas. Por ello se encharcan. Para solucionar el problema, un experto puede instalar tubos de drenaje. También se puede añadir al suelo arena y materia orgánica; así de paso mejoraremos su fertilidad.






















































