Cultivar flores calas blancas o amarillas
Las flores calas destacan por mostrar una gran belleza y proceden de Sudáfrica. Son plantas vivaces y herbáceas de hoja perenne que poseen distintas variedades. También las podemos conocer como lirios de agua, porque abundan en jardines acuáticos y tienen una excelente capacidad para crecer en las proximidades de estanques y lagunas. Su nombre se deriva del término griego “kalos”, que significa bello, por lo que son flores que simbolizan la finura, la elegancia y la pureza.

En su llegada a Europa sobre el siglo XVIII había seis especies pero actualmente encontramos cantidad de híbridos en muchos colores, las más populares y hermosas son las calas blancas y amarillas. Sus hojas son de tamaño grande, con suaves formas y verdes muy oscuros. Mientras que las flores son elegantes, estilizadas, con forma de tulipa y de alegres colores suaves.

Son perfectas para utilizarse en ramos o centros florales, ya que dan un toque de distinción o un aire de sofisticación. Sus líneas puras y sencillas se han utilizado también en ramos para novias. Se trata de una especie que destaca por su versatilidad, sus únicas exigencias son temperaturas suaves y un mínimo de cuidados básicos. Lo cierto es que son unas flores ideales para decorar el jardín.

La temperatura ideal para el crecimiento de las calas ronda entre 15 y 20 grados. No resisten las bajas temperaturas por lo que aunque es frecuente verla como planta de exterior, también puedes cultivarla en macetas y jardineras en el interior de casa durante las épocas de frío. A pesar de que soportan bastante bien la luz del sol directa, lo recomendable es cultivarlas en la media sombra.

Estas flores necesitan abundante riego para que no les falte la humedad, pero sin formar charcos en la tierra. También hay que procurar que el terreno no tenga mucha salinidad. Los terrenos más adecuados para su desarrollo son suelos fértiles y húmedos, con algo de drenaje y además ligeramente ácidos y poco salinos.

La cala tiene una larga floración, de entre ocho y diez días. Inicia a finales de la primavera hasta casi el fin del verano. Corta las flores que se vayan marchitando para favorecer la continuidad de la floración. Si una de las plantas enferma es mejor retirarla para que no contagie a las demás cercanas.