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El tomate ( Lycopersicum esculentum) pertenece a la familia de las Solanáceas. Hay tres tipos de variedades: de cordón, arbustivo y enano. La plantación en invernaderos o estancias cerradas permite obtener cosecha todo el año. Gracias a las variedades más recientes y nuevas técnicas de producción resulta fácil recolectarlos de mayo a noviembre. Aun planta produce de 2 a 3 kilogramos de frutos durante toda la temporada, según las variedades, lo que representa por término medio de 6 a 8 kilogramos por metros cuadrado. El acolchado con plástico aumenta la precocidad y el rendimiento del cultivo.

El terreno debe ser mullido, fértil y no excesivamente seco, aunque con buen drenaje. Prepararlo exige un arado profundo a fin de remover la tierra y, de paso, mezclarla con estiércol o materia orgánica. La forma de plantación es en hileras, entutorados con cañas contra una pared al sur. Si el huerto está expuesto al viento precisará una sujeción extra contra los deterioros. En líneas generales, la distancia media entre hileras debe ser de 45 centímetros en los de cordón y 30 centímetros en los pequeños.

Hay que sembrarlos desde finales de febrero a principios de marzo en bandeja o semilleros llenos de turba, poniéndolos después en una estancia cerrada o invernadero caliente. Como les encanta el sol, no se pueden plantar en el exterior hasta que haya desaparecido el riesgo de heladas. Para ir aclimantándolos a su lugar definitivo conviene sacarlos fuera por el día y volverlos a meter por la noche. En el momento en que la planta presente varias ramas con hojas habrá que despuntarla, operación que conlleva la aparición de frutos.

Una vez dispuestos en el terrenos, las plántulas jóvenes requerirán una protección si todavía hace fresco, por ejemplo, con campanas de cristal, plástico o lona de polietileno. Respecto al riego, sólo ha de ser abundante al acabar la plantación y en tiempo seco bastará con hacerlo una vez a la semana. Para obtener tomates más sabrosos, cuanta menos agua, mejor. Si presentan buen aspecto, no necesitan abono. Pero en casos de que los primeros racimos de flor aparezcan pobres o las hojas no crezcan conviene fertilizarlos.

La cosecha no comienza antes de mediados de junio, siendo muy abundante en los meses de julio-agosto, e incluso, en la primera quincena de septiembre. En el momento de recoger los frutos que ya están maduros hay que tomarlos con una mano y darles la vuelta ligeramente con el objeto de separarlos del tallo con su pedúnculo correspondiente. Antes de hagan su aparición las primeras heladas conviene recoger los que todavía estén verdes y colocarlos en una habitación o almacén extendidos sobre paja, para que terminen su proceso de maduración.