Los jardines colgantes de Babilonia
La leyenda cuenta que alrededor del año 600 A.C., en las lejanas tierras de Babilonia vivía un rey llamado Nabucodonosor II. Se casó con Semíramis, una hermosa princesa meda y la llevó a la capital de su reino: Babel. Semíramis vivía triste, por estar alejada de las montañas y jardines de su país y residir en una llanura tan seca. Para intentar alegrar el ánimo de su mujer, el rey reunió a sus arquitectos y artesanos y les hizo diseñar los planos de los jardines más hermosos que el mundo hubiera visto jamás.

Los hombres del rey intentaron imitar la estructura de una montaña y para ello construyeron una gran pirámide escalonada (similar a las de los mayas), con grandes muros y terrazas, y en ellas plantaron miles y miles de flores, árboles frutales, palmeras y arbustos, y colocaron fuentes.

La construcción de los jardines fue muy dificultosa. No disponían de métodos eficientes y los hombres tenían que transportar por medio de sistemas rudimentarios las rocas y piedras para construir los muros, terrazas y fuentes.

Para conservar el verdor de los jardines y mantener las fuentes tenían que transportar el agua desde lejanos ríos mediante acequias. El rey hizo construir un sistema de norias para facilitar el riego. Cientos de jardineros atendían las plantas, para que lucieran en todo su esplendor.

Pero años más tarde Babilonia comenzó su decadencia, y con ella empezaron también las guerras. Finalmente la ciudad fue incendiada. Se quemaron también los jardines, y cuando Alejandro Magno llegó a Babilonia, ya sólo quedaban las ruinas de la antes hermosa ciudad.

En las tierras de Irak, cerca del Éufrates, los arqueólogos han encontrado pozos vacíos, fosas y sótanos que bien pudieron formar parte de esos jardines.
La palabra colgante confunde a veces porque en realidad los jardines no colgaban, sino que se situaban en las terrazas. La palabra colgante puede provenir de una voz latina que significa balcón y terraza.