Las heladas son un gran peligro para la jardinería, ya que tienen consecuencias muy serias. Una bajada de la temperatura, en especial en las noches de primavera, cuando ya se han producido desarrollos nuevos, puede afectar incluso a plantas resistentes y acabar con ellas. Las heladas suelen acontecer en noches claras y tranquilas, cuando el aire frío se acumula encima del nivel del suelo. Entre otoño y la primavera es el momento de máximo riesgo. Una planta helada resulta casi imposible de recuperar, por lo que es necesario la prevención.

Para que las plantas sufran lo menos posible a causa del tiempo, lo aconsejable es cultivar especies adecuadas y resistentes al clima. Las plantas propias de regiones cálidas son más propensas a helarse, como la buganvilla. Árboles, arbustos y trepadoras cuyos tejidos leñosos no han madurado bien, corren riesgo de sufrir las consecuencias de las heladas, así como las plantas de macizos no resistentes como dalias o crisantemos. Los frutales como manzanos o perales son muy sensibles, al igual que la mayoría de cultivos del huerto como la vida, las fresas y las patatas. En cambio, algunas plantas como el acebo, el agracejo, la col ornamental, el espino de fuego, la parra virgen o la hiedra aguantan temperaturas bajo cero.

Para proteger el cuello de las plantas, lo mejor es amontonar tierra alrededor de su base, es lo que se conoce como recalzo. Los rosales y muchas hortalizas se benefician de esta técnica. El acolchado es otra opción. Extender una capa de 5-10 centímetros de grosos alrededor de los ejemplares, con hojas, cortezas, acículas de pino… impide que las heladas alcancen las raíces.

Las heladas son tan nefastas para el jardín que en poco tiempo pueden acabar con muchas plantas. Cubren el terreno como si fuera un manto cristalino y no se derrite hasta muy avanzado el día. Esta persistencia provoca consecuencias fatales para casi todos los ejemplares, especialmente los situados en lugares sombríos. Incluso, hay ocasiones en que no se retira hasta pasados unos días, tiempo más que suficiente para que se quemen por completo las hojas. La solución consiste en elegir especies duras para estos enclaves y si dura muchos días poner en marcha a mediodía el sistema de riego para derretirla.

Los síntomas de una planta afectada por una helada los podemos apreciar en las hojas, tallos y flores. Los jugos vegetales de las plantas se congelan, lo que produce desgarros que se traducen en zonas necróticas. Aparecen manchas marrones o decoloraciones en los pétalos. La planta raramente se recupera, acaba muriéndose.

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El césped requiere pocas siegas ahora, ya que por acción del frío apenas crece. En general se aconseja hacerlo dos o tres veces. Es fundamental si observamos hojas o ramas secas, con lo que lograremos igualar la superficie y eliminar los residuos. Las hojas caídas actúan como un toldo, sombreando la hierba e impidiendo que reciba luz, mientras que los restos de poda se secan y hacen la pradera impracticables. Como ambos residuos son transmisores de plagas o enfermedades debemos eliminarlos pasando la segadora y completando nuestra actuación con un rastrillo.

La siega supone una herida para el césped, que puede debilitarse. Para paliar el trauma, regamos la pradera después. Para evitar destrozos en las tuberías mantendremos vacío el sistema de riego en inverno. Uno de los mayores peligros de esta época es que se hielen las conducciones de agua. Limpiaremos los aspersores y difusores y comprobaremos el estado de los goteros. También es recomendable cubrir las electroválvulas y extraer las baterías del programador.

A finales de enero ya podemos incorporar los nutrientes orgánicos que permitirán al césped crecer sano, tupido y verde. Extendemos una capa de mantillo de un centímetro de espesor. Antes aireamos la hierba para que esté mullida y escarificada. Una vez distribuido el abono, realizamos un suave rastrillado y regamos, sin encharcar. Así conseguiremos que se reparta de forma equilibrada y penetre bien. El mantillo corrige la estructura y textura del suelo, aunque tiene el inconveniente de descomponerse a mediados de verano y es imprescindible suplementarlo con fertilizantes minerales.

El hielo, la escarcha y la nieve son enemigos del césped. Podrían dañar y acabar con nuestra pradera. La escarcha cubre el terreno y su acción en el tiempo es letal, sobre todo en las zonas de umbría continua. La actuación de urgencia consiste en regar en cuanto la detectemos; así se derretirá. Aprovechamos los días soleados y la mejor hora, el mediodía, cuando la temperatura es más alta. Las heladas producen desgarros celulares por lo que acolchar el suelo de nuestro césped más a la sombra es más que recomendable. Igualmente la nieve produce asfixia en el césped por lo que es importante eliminar las capas más gruesas con un cepillo.

Para que nuestra pradera esté sana debemos prevenir las enfermedades y plagas. El hongo del dólar es uno de sus principales enemigos. Como prevención ventilaremos el suelo y cortamos la hierba atacada. Si llega a extenderse lo tratamos con fungicidas comerciales.