Cómo acabar con las malas hierbas
Comienza la temporada cálida y con ella llega uno de los problemas más temidos de los huertos y los jardines: las malas hierbas.

Las llamadas malas hierbas son en realidad especies propias de la zona donde estamos cultivando. Por ello se hallan en una situación de ventaja respecto a las plantas de jardín o de huerto: son más fuertes y están más adaptadas al clima y al terreno. En cambio, las plantas que hemos adquirido son producto de un sinfín de modificaciones: se las ha hecho evolucionar para alegrarnos la vista o para alimentarnos y es por ello que su capacidad de supervivencia ha disminuido.

Desde hace unas pocas décadas, una corriente agrícola llamada Permacultura defiende que las malas hierbas se han de mantener, pues cumplen una función protectora de las cultivadas: se forma un ecosistema único donde todas las plantas se complementan Pero para autores de renombre como Seymour, a quien no se puede acusar precisamente de cerrarse a las nuevas ideas, no pueden tolerarse las malezas entre los cultivos, pues éstos no rinden al máximo cuando compiten con las malas hierbas.

Para acabar con los hierbajos no hay nada tan eficaz como los herbicidas químicos pero… ¿queremos llenar nuestro jardín o, peor aún, nuestro huerto de tóxicos?
Armémonos de paciencia y eliminemos manualmente las malas hierbas. Siempre podemos pensar que así estamos haciendo ejercicio.

En el césped no hay más remedio que arrancar las malas hierbas a mano, con el suelo húmedo, ya que con la azada destrozaríamos la superficie. Si la hierba en cuestión es de tallo muy fino puede tolerarse, ya que al segar no se notará mucho su presencia.
En el huerto o en parterres el problema es de más fácil solución, puesto que podemos usar la azada. Hay que estar atentos y cavar cuando las hierbas todavía son tiernas; así su eliminación es mucho más sencilla. Bajo ningún concepto hay que dejar que las malas hierbas granen, es decir, que echen semillas, pues esto provocaría que se extendieran hasta extremos insospechados. Ya lo dice el refrán.”Un año de semillas son siete años de plaga”.

Para acabar, una anécdota: cuando yo tenía un huerto, mi pesadilla eran los llamados “bleds” en aquella zona; nunca terminaba con ellos. Hace poco me enteré de que mis odiados bleds son ni más ni menos que amarantos, cuyas semillas se venden actualmente a precio de oro en tiendas de dietética. Siempre se aprende algo…