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Todas las plantas de jardín necesitan la poda, ya sea para mantener un aspecto limpio y cuidado como para encaminar su crecimiento, floración, fructificación… Sin embargo, a veces puede llegar a ser más perjudicial que beneficiosa si no se siguen una serie de criterios al practicarla. Los cortes indiscriminados, grandes y mal efectuados pueden resultar destructivos y además provocar heridas que tardan en cicatrizar y que se convierten así en foco de infecciones. Tratarlas después no resulta sencillo, así que lo más recomendable es conocer las necesidades de poda que tiene cada ejemplar, podar en el momento más adecuado, utilizar herramientas apropiadas a cada corte y desinfectarlas y practicar cortes limpios y correctos. El problema más grave que puede presentar una especie leñosa tras la poda es verse afectada por algún virus, siempre incurable, que haya penetrado por la herida. Son difíciles de detectar y curar.

Los cortes deben ser lo más pequeños, limpios y precisos posible. La madera joven se repone antes, por lo que conviene podar los vástagos antes de que se vuelvan leñosos. En cualquier caso, lo más apropiado consiste en hacer cortes inclinados, ya que entonces el agua de la lluvia no puede asentarse en la superficie. El agua constituye un peligro, ya que arrastra organismos, infecciones presentes en el aire o en las hojas de las plantas más próximas.

Después de cada uso, se deben limpiar las herramientas con agua y jabón y eliminar los restos de suciedad. Antes de guardarlas hay que secarlas. Incluso es convenientes desinfectarlas. Se deben sumergir en un desinfectante especial para jardinería diluido en agua y después secarlas. Otra solución par desinfectar las herramientas es mojarlas con alcohol y quemarlo posteriormente. Mantenerlas bien afiladas es también fundamental para que no haya desgarros. Además, un paño empapado en aceite servirá para protegerlas mucho mejor del óxido.

Las plantas restringen el impacto de las enfermedades. Ponen en marcha una reacción química que crea callo con el fin de formar una berrera que aísla la zona afectada y los microorganismos no colonizan la parte sana. Este proceso tiene lugar en el cámbium, cuyas células se multiplican hasta dar lugar a una cicatriz, que nace en los bordes de le herida y acaba por cubrirla. A mayor anchura o profundidad de corte, más tardará en cerrarse. Por eso conviene centrar al máximo el objetivo y producir la mínima herida posible. El frío ayuda a cicatrizar las heridas pero algunas son tan grandes y profundas que no acaban de cicatrizar nunca del todo y continúan siendo vulnerables a todo tipo de infección.